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La tartamudez en la infancia


Silvia Friedman

La tartamudez en la infancia es una manifestación que como otras manifestaciones humanas, puede ser interpretada de diferentes maneras. Desde el punto de vista del sentido común, cuando un niño habla con repeticiones, prolongaciones o vacilaciones (que son las formas mas corrientes de tartamudeo), como por ejemplo: "que que que quiero salir mamá", "doooonde estamos?", "ese es e...,e..., el primero", muy frecuentemente, los padres y otras personas de la familia, así como los profesores en la escuela creen que es bueno, que es recomendable, que es su deber llamar la atención del niño por ese hecho. Así, frente al tartamudeo solicitan al niño que hable despacio, hable con calma, piense o respire antes de hablar. Con ésto podemos entender que las personas creen que el tartamudeo al hablar necesita de corrección y que, consecuentemente, creen que esa no es una forma adecuada al hablar. Así reaccionan negativamente a él. Los propios niños también reaccionan a la tartamudez de otros niños, riéndose, haciendo imitaciones y otras bromas, porque es habitual en nuestra cultura portarse de esa manera delante de comportamientos que escapan de las regularidades corrientes.

Si las condiciones descritas se repiten consistentemente en la vida de un niño, con el pasar del tiempo los padres ven que la tartamudez no desaparece y incluso aumenta, pasando a adquirir otras características, como por ejemplo: quedarse con la boca abierta sin que salga sonido por algunos segundos antes de decir efectivamente una palabra; fruncir la frente al hablar; apretar los labios con fuerza antes de decir una palabra que empieza con ‘p’, dejar escapar aire antes de decir una palabra. Así, en la lógica del sentido común, es como si algo malo hubiera empezado en el mecanismo de hablar, o sea en el organismo del niño, y ese mal está empeorando.

Otra forma de ver ese mismo conjunto de ocurrencias nos viene de la investigación científica, y puede mostrarnos un panorama muy distinto del anterior. La base de esta visión científica es la comprensión de que el ser humano no es solamente una masa orgánica que se desarrolla independiente del medio ambiente y de los contenidos de la subjetividad. El ser humano es un ser complejo y su desarrollo comprende la integración activa de las dimensiones orgánica, psicológica y social, las cuales se influyen mutuamente. Esto significa que los modos de ser de una persona reciben influencias tanto de las características de su organismo, como de las características del medio socio cultural en que vive y de los significados, que a partir de sus relaciones con ese medio, se depositan en su universo subjetivo.

Desde ese punto de vista, hay estudios en Lingüística (ciencia que estudia el lenguaje en su manifestación escrita o hablada) que se apoyan en la observación de los modos de hablar de las personas, y esos estudios nos muestran que las repeticiones, prolongaciones y vacilaciones son fenómenos comúnes en el habla de cualquier persona, en cualquier edad. Esos pequeños lapsos, nos enseña la Lingüística, son momentos de subjetivacion que se procesan mientras se está hablando. Momentos en que se busca una palabra, se piensa en la manera de traducir una idea o sentimiento en palabras, se siente o piensa algo simultáneamente a lo que se está diciendo y así sucesivamente. Estas subjetivaciones, imposibles de ser evitadas, pueden provocar los lapsos, las repeticiones, prolongaciones y vacilaciones. Si escuchamos atentamente el habla no sólo de nuestros hijos, sino tanbién de otras personas, adultos o niños y incluso la nuestra, descubriremos que esto es verdad.

Otro punto importante que nos enseña la lingüística es que sabemos hablar, pero no sabemos cómo lo hacemos. Es decir, las personas saben hablar pero no saben lo que hacen para hablar. Hablar es una acción automatizada e inconsciente. El que habla simplemente se desliza por la cadena de sonidos que caracterizan su idioma y forman las palabras, sin buscar concientemente éste o aquel sonido. La atención no está en los sonidos está en lo simbólico, en los sentimientos que uno quiere expresar. Las palabras se deslizan de modo inconsciente. Quien pone la atención en el sonido, pierde la dimensión de lo simbólico.

Ahora, tomemos como base las consideraciones de los tres párrafos anteriores, relacionémoslas con lo que hemos dicho en el comienzo del texto sobre los modos de reaccionar a la tartamudez desde el sentido común, para hacer un análisis de lo que puede resultar de la combinación de ambos. Ese análisis está apoyado en otra ciencia, la Psicología Social. análisis está apoyado en otra ciencia, la Psicología Social.

Al reaccionar al habla de un niño pidiéndole que hable despacio, con calma, etc., se está rechazando su modo natural y automático de hablar. Además, esta no aceptación se distingue de las correcciones que frecuente y necesariamente los adultos hacen a los modos de hablar de los niños, porque en ellas se corrige siempre alguna palabra en concreto o frase localizada en el discurso, en lo que ha sido dicho. De este modo el niño sabe donde esta el error y qué es lo que se espera que sea corregido. Entonces puede hacerlo. Al contrario, al decirle cosas como habla despacio, habla con calma, no se le muestra donde esta el error. Es como si el error estuviera en toda su habla. El niño no tiene cómo saber en que lugar debe hacer la corrección. Toda su habla está siendo rechazada.

Si ese tipo de relación de comunicación se presenta de manera consistente en la vida de un niño, como consecuencia, él empieza a temer a su manera espontánea de hablar. Empieza también a adivinar las palabras en que supone aparecerán problemas. De ese modo, el tartamudeo que era natural, empieza a tener un nuevo modo de funcionamiento al que llamamos tartamudez sufrimiento. Este nuevo modo se caracteriza por la sensación de miedo de hablar espontáneamente y por pensamientos de anticipación de ocurrencia de problemas para pronunciar aquello que todavía no ha sido pronunciado. Las anticipaciones, a su vez, son para el que habla tentativas de solucionar el problema. Así al hablar, el niño sale del eje del deslizamiento de los sonidos, donde su atención esta en lo simbólico, para quedarse aprisionado en el eje de las forma lingüísticas. Allí la palabra pierde su valor simbólico y pasa a tener valor de "cosa"; el sonido deja de estar en una cadena con otros sonidos que se deslizan automáticamente, inconscientemente y pasa a constituirse en un peligro insalvable. Entonces, los músculos que en otras múltiples ocasiones produjeron ese sonido, repentinamente no lo hacen más.

Esa nueva manera de comportarse al hablar incrementa el número de tartamudeos porque, justamente, ellos son anticipados. Además les añade tensión, porque el sentimiento de miedo de hablar lleva a la persona, inconscientemente, a producir de manera tensa los diversos gestos correspondientes a los sonidos del habla. A todo eso frecuentemente se pueden sumar todavía movimientos en diversas partes del cuerpo (fruncir el ceño, cerrar los ojos, hacer movimientos bruscos con la cabeza, con los brazos o piernas) que el niño emplea como una forma de intentar soltar los sonidos que inconscientemente está reteniendo por miedo de hablar. Esta forma de hablar se automatiza, porque la automaticidad es inherente a la naturaleza del habla y, de esta manera, oculta todo el proceso por medio del cual se instaló, pareciendo ser simplemente un defecto del habla.

La tartamudez sufrimiento es un nuevo modo de funcionamiento del habla que no elimina el modo anterior. El modo anterior se refiere al hablar fluente que conlleva un tartamudeo natural, sin anticipaciones, sin sufrimiento. Las dos maneras conviven dejando perpleja a la persona, por que cuanto menos desea tartamudear más lo hace. Ésta no se da cuenta que el deseo de no tartamudear es la fuerza que mueve la tartamudez.

Bajo estas condiciones, lo que se observa es que esa manera sufrida de tartamudear no ocurre en todos los lugares y momentos, ni con todas las persona con quien se habla. Sólo ocurre cuando la situación de comunicación lleva el niño a sentirse evaluado, controlado, juzgado en su forma de hablar. Por eso él se muestra más o menos fluente de acuerdo a las circunstancias. Por ejemplo, puede tartamudear mucho al hablar con su papá y nada al hablar con un hermano, un amigo o con su animal peferido. Todo esto nos muestra que la tartamudez no está en la persona, en su organismo, está si en la situación discursiva, está entre las personas que participan del contexto discursivo.

Logramos así una nueva visión del tartamudear no simplemente como algo que un día empieza y después empeora como si el organismo de aquel que habla tuviera algún problema. Logramos una visión que nos muestra que hay una tartamudez natural que es parte integrante del hablar fluído, y que hay una tartamudez sufrimiento que es una nueva forma de producir el habla que se desarrolla, necesariamente, entre los interlocutores y que depende de las relaciones de comunicación para seguir procesándose. Frente a todo eso entendemos que es extremamente necesario desarrollar una nueva mentalidad frente la tartamudez de los niños. Esa nueva mentalidad establece que es necesario respetar y comprender la tartamudez como lugar de subjetivación. Así, es necesario comprenderla como algo natural que tiene que existir para que se pueda hablar y que al mostrarse necesita solamente ser aceptada, para que no se destruya la necesaria confianza en el habla que permite a una persona hablar como tiene que ser: espontáneamente.